Pudo comprobar que vivía realmente en un lugar demasiado grande, le iba a costar hacerse al entramado de pasillos y escaleras que surcaban el edificio, seguro que más de una vez debería pedir ayuda a las personas que, como Nolwain, había distribuidas por la corte para atender a sus residentes. Se quedó asombrado con la gran cantidad de libros y archivos que se guardaban en la biblioteca, y decidió que más de un día acudiría a esa fuente de saber a pasar el tiempo, durante sus ratos libres. Siempre y cuando, eso sí, aprendiese a leer. Su madre nunca había sabido leer y escribir, al igual que su padre, por lo que durante aquellos años le había sido imposible aprender aquello que aprendido con Frat que era fundamental para su vida, y más ahora que había entrado en la corte. Le pediría a su maestro que le enseñase, aunque temía que se viese decepcionado por su ignorancia.
Cuando acabaron de visitar la mayor parte de las estancias, apenas quedaban unos minutos para que diese comienzo la ceremonia. Apresuradamente se dirigió acompañado por Nolwain a una sala de espera que resultó ser aquella en la que había estado esperando los momentos previos a realizar la prueba. Seguía siendo tal y como la recordaba: una habitación de pequeñas dimensiones en la que había un par de bancos de madera pegados a la pared. Igual que la vez anterior, no fue capaz de sentarse ni siquiera un instante. Estaba bastante nervioso, quizá menos que la otra vez, y no era capaz de permanecer de pie sin moverse de un lado para otro. Según entraron en la sala, Nolwain se retiró para atender sus labores y se quedó solo, ya que los dos guardias actuaban como dos estatuas que hubiesen estado siempre allí, inmóviles.
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